Copenhage, 15 de noviembre de 2025
Querida Karina,
Esta es una carta muy especial, es una carta dirigida a nuestra niñez, allá en 1985 y en ella expresaré mis sentimientos más profundos y el grato recuerdo de tu presencia.
Karina, la tarde ha caído y, como muchos niños de las zonas más olvidadas y difíciles de nuestra gran Lima, tu sonrisa brilla y tus mejillas carmesí, con esos hoyuelos tan lindos, florece en medio de la pobreza, tu carita quemada por azares del destino y tu cabello rojizo por el hambre, no importa – ¿no? – a pesar de todo los niños iluminan la tarde.
Kiwi, Kiwi, Kiwi, cantan los niños con una cadencia encantadora y te apresuras a correr con inocencia abandonando la pirámide de latas de leche. Lo hemos logrado, hemos vencido y al menos una efímera alegría vuelve a colorear tu rostro, mi querida niña.
Karina, urpi, dulce palomita, hoy en esta tarde tan fría, tan lejos de nuestra patria, celebro tu recuerdo, tus cabellos rojizos, tu carita quemada, tus sandalias viejas con las que caminabas para buscar agua, las que usabas para jugar, las que usaste para que bailemos por primera vez en aquella pobre, pero tan alegre fiesta. Hoy, te miro y me despido de ti, descansa en paz mi amor de niño.
Te fuiste tan lejos del Perú y hoy te recuerdo como niña porque es la única imagen que tengo de ti y aunque no volveré a verte, quiero que sepas que agradezco tanto tu presencia, iluminaste mi niñez y el día que supe de tu ausencia postrera, se rompió en pedazos una etapa de mi vida.
Y un navío se desliza mientras cae la noche, ahí vas tú, en tu viaje hacia la eternidad.
Raúl
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