La dicha de ser estúpido

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Hace unos días me encontraba en la oficina cuando de pronto un colega (a quien por motivos de seguridad llamaremos X) me contó que no hace mucho en la nación de D dos estúpidos se encontraban montando en sus respectivas bicicletas sobre un camino dedicado sólo a los peatones. Este camino está situado en medio de un pequeño bosque y muy cerca de una idílica laguna. Es de menester recalcar que ambos necios eran turistas de países muy lejanos entre sí donde se hablaban idiomas diferentes.

Como ambos idiotas iban en dirección contraria, no tuvo que transcurrir mucho tiempo para que se encontraran e inclusive estuvieran a punto de protagonizar un accidente, dado que ninguno de ellos esperaba encontrar a un ciclista en un camino dedicado a los peatones. Desgraciadamente no se hicieron daño, pero como tuvieron que detenerse se miraron el uno al otro e inmediatamente pudieron reconocer los claros indicios de la estupidez tanto en sus rostros, así como en su actitud.

Luego de unas miradas y uno que otro olfateo R le preguntó a K – ¿Eres estúpido? – y K sin pensarlo respondió con alegría desbordante – Sí, soy estúpido como tú -. X, quien se encontraba agazapado entre la maleza, por razones relacionadas al avistamiento de aves, quedó absorto dado que sus estudios en filología y lenguas muertas le permitieron intuir que los estúpidos compartían un idioma común.

Los necios continuaron con su alegre conversación y es así como decidieron competir entre ellos para determinar quien era el más veloz – ¿O tal vez el más idiota? – y como era de esperarse la competencia se llevaría a cabo en la vía dedicada a los peatones.

X, quien no salía de su asombro, se negaba creer lo que acaba de presenciar. Había descubierto que los estúpidos no tenían barreras, poseían una lengua franca y se comportaban de la misma forma, sin importar su país de origen y/o etnia. En pocas palabras, formaban parte de una organización internacional con antivalores compartidos y he ahí donde radicaba el secreto de su felicidad.

R y K, cretinos consumados, continuaron montando en sus bicicletas y se dice que, si algún día visitas la laguna, es posible que puedas escuchar su dicha perdiéndose en la lejanía.

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